1 de febrero de 2017

Los profesores


Sigo en mi empeño en llegar a escribir 1.500 palabras en una sola entrada. Hoy he decidido hablar de los profesores y hacer un repaso de los que he tenido y me han marcado. Por tu vida pasa mucha gente, a algunas la olvidas sin poder evitarlo y a otras no puedes.

Para empezar me gustaría hacer un repaso de todos los profesores y todas las profesoras que me han marcado para bien. Una de las profesoras que más recuerdo es A, quien me enseñó a leer y escribir en la escuela de infantil y que se trasladó del colegio de los pequeños al centro de primaria, para ser mi tutora en mi último año de escuela.

Siguiendo en mi formación primaria, debo destacar a M, quien me enseñó que era un mandala y como me podía relajar. Ella paraba las clases cuando veía que algunos estaban algo despistados o agobiados y nos daba diez minutos para que pintáramos un mandala, que luego colgábamos en el aula. A M la tengo siempre muy presente porque nos dejó demasiado pronto y eso también nos marcó.

A esta primera M, le seguiría otra M, la cual venía a ocupar el sitio de la primera. Recuerdo que en su primer día de clase nos advirtió que ella “podía ser la mejor a las buenas o la peor a las malas” que todo dependía de nosotros y nuestro comportamiento. Por suerte, fue la mejor y nunca tuvo la necesidad de ser la peor. Al finalizar el curso académico, y ante la ausencia de una plaza fija, no la íbamos a tener al año siguiente por lo que para que no la olvidaramos nos entregó una foto de todos con ella a cada uno acompañada de una carta destacando las mejores cualidades de cada uno y donde nos daba, en cierta forma, parte de su corazón con cada palabra.

Siempre me ha encantado al gente que escribe de su puño y letra una carta a otra ya que demuestra que la quiere y le importa. Porque, señoras y señores, una carta a mano nunca, nunca, nunca es igual que una a ordenador. Y no hablo de tener buena o mala caligrafía, sino del tiempo dedicado a ella. De volver a empezarla cada vez que no nos gusta como ha quedado una frase o ante un error. Puede que venga desde ese momento mi obsesión por escribirle cartas a mis seres queridos.

A esta M, le siguió una C, que nos enseñó a ilusionarnos por las cosas y nos enseñó lo bonitos que son los reencuentros. C solo estuvo dos años con nosotros pero nos reencontramos con ella en nuestro viaje de final de curso, ya que el colegio donde ella trabajaba entonces también había elegido ese destino como excursión.

Hubo otra M, la que fundó el coro del colegio y nos enseñó muchas canciones y una J, que siguió con el coro. Siempre me acuerdo del día que cantamos Caminando por la vida de Melendi sin haberla ensayado nunca. Ella guitarra en mano y nosotros ilusionados. Tampoco puedo olvidar nuestra actuación más especial -o al menos para mí-, que no fue ni cuando cantamos en la Universitat Jaume I con otros coros ni cuando fuimos al estudio de grabación a participar en un cd de villancios. Nuestra actuación más especial fue cuando visitamos la residencia de ancianos. Por un momento me sentí una superheroína porque entretuvimos a nuestros mayores y fuimos testigos de como la ilusión nacía en sus ojos ante un grupo de chiquillos cantando. Los chicos del coro siempre me evoca a esos tiempos en la que mi voz aún no había cambiado y aún pensaba que tenía alguna oportunidad de ir a eurojunior (¡bendita inocencia! ¡bendita infancia!)

No puedo olvidarme de otra J, que también se fue demasiado pronto. No fue profesor mío pero siempre estuvo presente y se ganó el cariño de todo el alumnado que pisó el colegio mientras él estuvo. 
Ya llegamos al instituto, donde he tenido un variopinto abanico de profesores. Empezaré destacando una A que me enseñó mucho al principio y al final de la ESO y durante todo el bachillerato. También una P, que hizo todo lo posible para que entendiera el contenido y no me diese por vencida. Ambas estaban dispuestas a escuchar los problemas de sus alumnos y ayudarlos en todo lo posible.

Luego llegó una F que nos enseñó mucho y no solo dentro del aula. F fue una brisa de aire fresco que vino a sustituir a una profesora que no nos sabia trasmitir. Recuerdo cuando nos comunicó que la sustitución estaba llegando a su fin y que, tras un trimestre muy productivo, tenía que irse. Para la última clase con él, le organizamos una sorpresa con un regalito. Fue la primera ocasión que una treintena de adolescentes trabajaba a la par. Con los años eso se repetiría mucho entre nosotros.

Llegó otra M, que nos enseñó que era la empatía, la solidaridad y como había que mediar con la vida. Más que como de profesora a alumna, sus enseñanzas eran de persona a persona en proceso. También llegó N. N era una de esas profesoras que de verdad tienen vocación y que hacen lo que quieren y quieren lo que hacen. Ese tipo de profesores que no han perdido el interés ni la ilusión por enseñar y eso nos llegaba y nos motivaba a ser mejores como alumnos.

Por aquel entonces apareció C, una profesora inquieta con cierta rebeldía que conseguía toda la atención de los alumnos solo con entrar por la puerta del aula. Y llegó otra A que con dureza en el aula y todo su esfuerzo consiguió enseñarnos y dejarnos huella.

Seguramente me he dejado muchos más porque en diecisiete años he tenido muchos profesores por no hablar de los que tengo actualmente o tuve el pasado año.

Por otro lado hubo profesores que me marcaron pero negativamente. Empezando por D, un profesor que se veía claramente que había perdido la ilusión que le llevó a ser profesor. Y no fue el único así, también P o E, demostraron una desilusión total por su profesión y nos lo trasladaron, no sé si consciente o inconscientemente, a los alumnos. Y otros que directamente eran el caos hecho persona.

Pero hubo otros y otras que recuerdo por cosas puntuales. Por ejemplo, una profesora que tuve en el parvulario a la que no recuerdo prácticamente pero recuerdo que una vez entraron en el colegio y le robaron el bolso mientras nosotros estábamos en el patio. Recuerdo que se colaron por una ventana y que una de mis compañeras se había quedado escondida debajo del escritorio de la profesora y estuvo allí durante el robo -y por suerte el ladrón no se dio cuenta-. También recuerdo a una profesora que a mi nunca me dio clase pero que era conocido por todos que se echaba alguna siesta en clase.

Esos fueron algunos de mis maestros en los centros educativos a los que fui. Pero también me enseñaron otros, como J, mi profesor de la autoescuela, que tuvo mucha paciencia y poco miedo conmigo.

Y hoy me he quedado con 1.207 palabras. Parece que progresamos adecuadamente como en el colegio.
http://ladialecticadelasimagenes.blogspot.com.es/2016/09/reportaje-playa-la-renega.html

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