14 de julio de 2015

El Coliseo.


Este inmenso anfiteatro, cuyos imponentes restos todavía permiten admirar su antiguo esplendor, fue comenzado por Vespasiano en el año 72 y terminado por su hijo Tito en el 80. Su verdadero nombre es Anfiteatro Flavio; comúnmente es llamado Coliseo por la proximidad al Coloso de Nerón.

Puede decirse que no hay página de la historia de Roma que no esté ligado en mayor o menor medida al Coliseo, el cual se ha convertido en el símbolo de la capital italiana.

Con la catástrofe de los normandos, la clásica y antigua Roma quedó abandonada y con este abandono, también el Coliseo que sirvió de cantera de material durante un gran período de tiempo.

Benedicto XIV quiso consagrar el viejo monumento para salvar sus restos. Levantó una cruz sobre aquel terreno que la devota tradición había unido al nombre de millones de mártires aunque no existen noticias históricas sobre matanzas religiosas.

Paseando por El Coliseo, el aire nos envuelve y nos transporta a otra época. Podemos imaginar a los gladiadores luchando y jugándose su vida por su amo. Podemos tener pesadillas con fieras soltadas para acorralar a pobres víctimas de tan funesto destino. Podemos ver a la gente clamando por la salvación del gladiador ganador. Podemos pasear por los pasillos y galerías transversales. Podemos soñar con jóvenes amantes escondidos entre los recovecos de tal monumento.

@monicasmenero

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