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No se puede dejar de vivir.

Ella corría, el corría también, persiguiendola por el desierto sendero. Ella aterrada y deseperada no sabía a donde dirigirse, a donde huir.
Tras la imensa persecución y creyendo que lo había despistado, se apoyo en el tronco de un árbol a recuperar el aliento. No sabía que cuando levantara la mirada, lo encontraría de frente, mirándola con gesto burlesco. Ahí frente a ella se hallaba su miedo.
Su miedo a decir, a hacer, a lo nuevo. Había intentado huir de él, escapar. Sin embargo, él había logrado localizarla y acorralarla en un lugar deshabitado y lúgubre. En ese instante, la muchacha se rindió ante sus temores. Su lucha había finalizado.
Y es que el miedo es un problema que tenemos todos al nacer. Algunos logran dejarlo atrás en un simple instante, otros con los años y otros se dejan atrapar por él. Pero no se puede dejar de vivir por miedo a la vida.

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