16 de julio de 2014

El enano que nunca creció

Pedro era un niño humilde, un pequeño jovenzuelo que a penas podía divertirse con el cantar de los pájaros y con las piedras que bordeaban el río de al lado de su casa.

Como toda persona, Pedro fue creciendo hasta el punto de cambiar sus intereses y formar su propia identidad. Aunque se dio cuenta de algo. El enano que veía año tras año, día tras día, a través de su ventana, siempre estaba igual.

Ese diminuto muñeco se había convertido en un pequeño confesor, en un punto fijo en el que Pedro concentraba sus problemas y recurría a él para encontrar soluciones. 

Pero llegó el día en el que Pedro tuvo que marcharse a Londres a presentar uno de los proyectos con el que posiblemente conseguiría convertirse en uno de los empresarios más reconocidos del mundo. 

Aunque había formado una familía en Londres y le habían reconocido la patente con la que podría sobrevivir hasta el último día de su vida, Pedro sentía que su vida estaba vacía, porque en ella faltaba aquel enano que nunca creció. 

2 comentarios:

  1. A veces nos aferramos a algo material, no por la cosa en sí, sino por los recuerdos, sentimientos y emociones que nos evoca. Yo también tuve mi enano.

    ResponderEliminar
  2. Personalmente, creo que no hay que mirar el objeto como algo icónico que represente sentimientos, sino que al mirarlo, podamos ver a qué o a quién mejor dicho nos une...

    ResponderEliminar